Viernes, 20 de septiembre de 2019   |  Número 117
El paciente, piedra angular del sistema
Editorial

Hablar del paciente es hablar de toda la sociedad una vez que, o bien lo somos y no lo sabemos, o lo somos y lo sabemos, o lo seremos más pronto o más tarde, y/o tenemos algún ser querido de nuestro entorno que lo es; por lo tanto actuar en beneficio del paciente es actuar en nuestro propio beneficio. Es más, cuando alguien es reacio a que este ocupe un lugar en la toma de decisiones que le competen está eliminando la posibilidad de verse representado y por lo tanto silenciado en cuanto a sus necesidades y providencias que puede requerir y precisar en un momento dado.

Todos hemos oído hablar de que el paciente es y representa el centro del sistema y que, por lo tanto, todo debe girar en torno a él. Siendo cierto el sentido y la propia significación de esta frase no es menos cierto que el lugar que debería ocupar el individuo, el paciente, es la piedra angular del sistema, participando de una forma proactiva, corresponsable y versada en la toma de decisiones que le atañen y que le competen e implican de alguna forma.

Uno de los derechos más relevantes que nos asiste como pacientes es el de la libertad de elección, un aspecto que en la sanidad de titularidad privada es ejercido de una forma clara y fehaciente. De hecho, cualquier ciudadano que busque ser atendido en este entorno tiene la capacidad de elegir tanto centro como servicio o profesional en base a diferentes criterios relacionados con resultados y con la reputación y confianza percibidas, un aspecto que en la vertiente pública de nuestra sanidad ha de mejorar en buena parte de los territorios donde el paciente no alcanza ese rango de libertad.

Para que este derecho se pueda ejercer con responsabilidad y conocimiento de causa no cabe ninguna duda que es imprescindible la información y la comunicación: los datos han de ser rigurosos, contrastables, accesibles, comparables y fácilmente comprensibles en términos de resultados en salud fundamentalmente, es decir aquellos que corresponden a indicadores de eficiencia, accesibilidad y demoras, calidad, seguridad, resolución asistencial, grado de satisfacción, experiencia vivida en cuanto a excelencia de servicio, etc.

Un paciente informado es un elemento clave no solo para participar en la toma de decisiones que le involucran, sino también a la hora de concienciarse de la necesidad del buen uso de los servicios ofertados utilizándolos de una forma conveniente y responsable, dado que dicha actitud y uso redundan en beneficio de todos.

Una adecuada utilización de los servicios que ofrece la sanidad en sus dos vertientes, pública y privada, es clave. Esta buena disponibilidad no es privativa de una u otra área de provisión y aseguramiento, pero concierne hoy especialmente a la viabilidad y sostenibilidad de nuestro modelo sanitario de titularidad pública por el que todos procuramos.

Es evidente que un uso desmedido y abusivo sin conciencia de coste genera una presión asistencial y una demanda de servicios cuasi asfixiante como la que ya se está produciendo en algunos centros de la red sanitaria pública, lo que se traduce en demoras, incertidumbres e inequidades nada halagüeñas ni deseables y un gasto creciente y exigente a la vez.

Para una utilización adecuada de los servicios uno de los elementos clave es el de invertir tiempo y aplicar presupuestos suficientes en formación y educación sanitaria, a la vez que recursos de todo tipo asociados tanto a esta imprescindible tarea como a la de sensibilización social mediante campañas dirigidas, persistentes y específicas. 

Mientras pensemos que la sanidad pública tiene un carácter gratuito, la demanda tenderá a ser infinita y haremos bueno este paradigma que tantas veces hemos escuchado en boca de economistas y expertos en gestión organizativa.

La sanidad pública no es gratuita, es una inversión solidaria a corto, medio y largo plazo, costosa en términos económicos que se paga con los impuestos que todos afrontamos a través de los presupuestos generales del Estado. Es por ello por lo que como ciudadanos tenemos el derecho de exigir que la gestión de nuestros impuestos se justifique y que estos se apliquen de la forma más eficiente posible.

Es muy importante que esta conciencia de coste y de auto racionalización de nuestras expectativas con una base cultural cale en el tejido social para que de esta forma no contribuya a un hipotético y posible colapso del sistema como vaticinan algunos expertos.

Ante tamaño desafío, que es además incremental por los diferentes motivos que tantas veces hemos esgrimido y que todos conocemos en el plano sociodemográfico, innovador o desregulador asociado a la propia globalización solo queda impulsar un cambio cultural y buscar y procurar la mayor eficiencia y efectividad en todas nuestras actuaciones.

Buscar sinergias y complementariedades estratégicas utilizando todos los recursos disponibles que mejoren no solo el acceso sino también la equidad y la cohesión dentro del sistema y generar entornos de motivación donde todos aprendamos a salir del respectivo círculo de confort en beneficio de todos es imprescindible.

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