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Martes, 20 de febrero de 2018   |  Número 100
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El tiempo pasa

El reloj es imparable, pasan los años y pasa el tiempo en general y las predicciones hechas por los expertos son cicateras. Nuestro sistema sanitario público adolece de las reformas necesarias que le hagan afrontar el futuro con optimismo dentro de una situación compleja a la que, por tanto oír, ya no le damos el valor y la atención que merece; el envejecimiento poblacional, la cronicidad y dependencia asociadas caminan inexorables al ritmo que marca la innovación y los avances científicos.

Esta ecuación de difícil solución, porque plantea múltiples incógnitas, solo puede ser resuelta por una voluntad firme que anticipe escenarios y trate de buscar las sinergias necesarias, que nos conduzcan a escenarios de previsibilidad y de solución eficaz de los problemas.

Frente a este marco de referencia muchas son las dudas por despejar, desde la incorporación de la innovación a todos los niveles pasando por la adecuación de las estructuras sanitarias a esta nueva realidad, y entre estas dos afirmaciones queda la pregunta en el aire de cómo hacerlo de una forma progresiva que no genere situaciones de indefinición, dudas e incertidumbre.

Es curioso observar la asimetría entre el desarrollo tecnológico en el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), la imparable carrera científica a todos los niveles y la carencia de voluntad o de visión estratégica para su implantación decidida en el sistema. Quizás el desconocimiento y el temor a aquello que se desconoce subyacen en esta dicotomía.

Es muy llamativo que todos los sectores se estén adaptando a la incorporación tecnológica para mejorar su eficiencia y competitividad y, sin embargo, la sanidad en su vertiente de titularidad pública vaya desacompasada con la evolución y desarrollo que marca el devenir del tiempo.

Asistimos a presentaciones, charlas y ponencias de expertos en las que se habla de la utilización de la medicina o la rehabilitación no presencial para descargar las consultas;  se habla hasta la saciedad de la importancia del 'big data' en el establecimiento de modelos predictivos que eviten no pocos ingresos e intervenciones poco eficientes; se insiste en lo determinante de la monitorización de pacientes a través de los conocidos como “wearables”; se habla también de interoperabilidad, de robótica, de inteligencia artificial, de hospitales ubicuos, de impresión en 3D, etc… y, sin embargo, la percepción del discurrir de la atención al paciente sigue variando poco. Da la sensación de que el modelo circula por los mismos parámetros y derroteros de hace lustros.

Asimismo, hay que interpretar los datos que, desde diferentes organismos internacionales especializados, nos transmiten de forma reiterativa. En este sentido, es necesario afrontar la realidad de una forma decidida para que los acontecimientos no se impongan y al final tengamos un problema mucho más serio del que hoy ya por sí tenemos, transformado en forma de listas de espera, saturación de consultas y urgencias, demanda asistencial imparable y creciente e inadecuación de estructuras preparadas para atender a una población de agudos y no de pacientes crónicos, dependientes o de larga estancia por las consecuencias de sus procesos (accidentes cerebrovasculares, fracturas de cadera, enfermedades cardiovasculares y respiratorias, neurodegenerativas, etc…).

Hoy se habla mucho de la necesaria humanización de la medicina y la pregunta es ¿tan mal estamos?, ¿tan mal que es necesario poner en valor un hecho que es consustancial al propio ejercicio de las profesiones sanitarias? La respuesta es evidente, y quien no lo crea que se acerque con ojos analíticos, sin apasionamientos, a las consultas externas de especialidades o a las consultas de atención primaria de nuestro sistema público de salud, o que revise los datos de las listas de espera de las diferentes comunidades autónomas publicados por el Ministerio de Sanidad.

Una buena medida para humanizar la medicina y mejorar la calidad pasa, sin duda, por solventar este problema de una forma eficaz y eficiente. Después podemos hablar de lo demás, que no es menor. En cualquier caso, lo que es cuanto menos paradójico es que, estando disponibles los medios suficientes, no se tomen las medidas necesarias para solventar este problema de primera magnitud.

Nuestro sistema sanitario está compuesto por dos sistemas de provisión y aseguramiento, de titularidad pública y privada, y la coexistencia de ambos siempre ha estado trufada de calificativos de toda índole y condición, la mayor parte de las veces peyorativos y en contra de todo lo que suponga emprendimiento privado en sanidad, como si por el simple hecho de ser un entorno empresarial fuera suficiente motivo para ser denostado y tantas veces puesto en discusión y tela de juicio ante la sociedad.

Este aspecto no va en absoluto en contra de los principios que emanan de la propia Constitución, de la Ley General de Sanidad y de las normas que la complementan y determinan, más bien todo lo contrario: la utilización ordenada, sinérgica y complementaria de los dos sistemas solo puede ofrecer beneficios evidentes para todos aquellos que con nuestros impuestos pagamos solidariamente la sanidad y el bienestar del conjunto del país.

Si, a pesar de las experiencias internacionales, hay todavía alguien que pone en duda los enormes beneficios de la colaboración público-privada, que acuda a países como Holanda, donde existe una separación entre la financiación y la provisión, y que compare los indicadores de calidad en ámbitos tan sugestivos y relevantes como son la eficiencia, la resolución asistencial, la accesibilidad o la calidad subjetiva del propio paciente. A lo mejor es por esto por lo que Holanda lidera el ranking de territorios con mejores resultados referenciados a indicadores validados y contrastables, y España se encuentra en una posición muy alejada del liderazgo que le correspondería en esta materia.

Desde el sector de la sanidad de titularidad privada se están haciendo notables esfuerzos en incorporación de la innovación a todos los niveles incluida la interoperabilidad, la medicina no presencial o el uso del 'big data' entre otros casos de uso, también en publicación de resultados de salud y de calidad percibida; por supuesto en promoción y proyección de la calidad asistencial con todo lo que implica en cuanto a mejora de procesos y procedimientos; en la implicación proactiva de la promoción de los cuidados intermedios como parte de la solución al problema del envejecimiento, la dependencia y la cronicidad asociada y, cómo no, en el necesario impulso de la gestión de expectativas transformada en indicadores relacionados con la experiencia de paciente y la atención en situaciones de salud complejas, o en la resolución de situaciones de incertidumbre y angustia, como es el caso de las listas de espera diagnóstica, consulta, quirúrgica y rehabilitadora.

El tiempo pasa. Y, como ciudadanos, tenemos la impresión de que poco se mueve en el sentido de dar solución real a nuestros problemas reales en materia sanitaria. Cuando nos adentramos en debates estériles como el de las derivaciones, el cese de las concesiones, la oportunidad o no de los diferentes modelos de colaboración, no hacemos sino profundizar en una brecha que no debería existir; los pacientes queremos una asistencia ágil, pronta y eficaz independientemente de la titularidad que ostente el centro o el profesional que nos atienda. No en vano somos todos nosotros los que pagamos el sistema público de salud, que es muy oneroso por cierto, a través de nuestros impuestos, y quien lo dude que acuda y revise los presupuestos generales del Estado dotados con los recursos que aportamos todos.

Si queremos avanzar acorde con el tiempo que nos toca vivir en materia sanitaria, no queda más remedio que promover un cambio cultural de primer nivel en la mentalidad de todos: lo que era adecuado hace unas décadas hoy ha dejado de ser un modelo aplicable, soluciones adaptadas y efectivas para problemas nuevos.

En definitiva, que si no somos capaces de cambiar la mentalidad y profundizar en la solución real de los problemas que pasa por el reconocimiento del potencial de cada uno de los operadores que desarrollan su actividad en el sector salud, de poco o de nada nos va a servir todo aquello que podamos plantear. Solo la suma de todos aporta valor a la sanidad; la división y la separación de esfuerzos y voluntades tan solo trae perjuicio para los ciudadanos, los pacientes y sus familias.

“Tempus fugit” que decía el poeta latino Virgilio y no solo huye el tiempo, sino que con él se van marchando las expectativas de cambio que nos permitan afrontar un futuro mejor y, desde luego, alejado de las diatribas vinculadas a los intereses políticos de cada cual. La sanidad precisa de un debate más técnico y especializado, un diálogo integrador e inclusivo que contemple a todos los agentes implicados del sector que nos permita a todos establecer los mimbres y las cuadernas de lo que ha de ser nuestro sistema sanitario en el futuro.

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