Lunes, 22 de junio de 2020   |  Número 126
La población mayor de 65 años, la más golpeada por los efectos de la Covid-19
Más del 80% de los fallecidos por la infección han sido mayores de 70 años
Iñaki Artaza Artabe, director Médico Asistencial de IMQ Igurco.

Resulta a estas alturas una evidencia, tal y como señala el Dr. Iñaki Artaza Artabe, director Médico Asistencial de IMQ Igurco y presidente de la Fundación Envejecimiento y Salud de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, que la población mayor de 65 años y, especialmente, la que vive en residencias ha sido la más golpeada por los efectos de la COVID-19, este grupo etario presenta, de hecho, peculiaridades y factores que influyen en esa mayor letalidad. En general, más del 80% de los fallecidos por la infección han sido mayores de 70 años, llegando a alcanzar esta cifra, por ejemplo, en la Comunidad Autónoma de Euskadi a más del 90%.

Causas de esta mayor vulnerabilidad en la población mayor

El envejecimiento conlleva un deterioro del sistema inmunitario. Si la respuesta inmune no es capaz de controlar eficazmente el coronavirus, éste se propaga de forma más rápida, generándose una liberación masiva de citoquinas (proteínas capaces de coordinar la respuesta inmunológica), lo que produce una gran inflamación pulmonar y un síndrome de insuficiencia respiratoria aguda. Además, también debido a las citoquinas, se genera un daño en la pared de las arterias que favorece la formación de trombos que pueden dar lugar a microinfartos a nivel renal, pulmonar, intestinal, esplénico (bazo), de las extremidades, etc., y, en definitiva, un fallo multiorgánico que conduciría al fallecimiento del paciente.

En las personas mayores, la hipertensión, la insuficiencia renal, la enfermedad cardiovascular, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y la diabetes son muy prevalentes. Tanto esta pluripatología, y la consiguiente polifarmacia (tratamiento con múltiples medicamentos), como la situación de fragilidad, frecuente en los mayores, conllevan una respuesta inmunológica más pobre. Así, a medida que aumenta la edad, aumentan los índices de contagio, de mortalidad y de letalidad (porcentaje de fallecidos respecto a los infectados).

En las personas institucionalizadas el riesgo es mayor por tener más edad, mayor comorbilidad (varias patologías a la vez) y fragilidad y un deterioro cognitivo importante. La infraestructura de los centros también puede intervenir en el contagio, al compartirse entorno e instalaciones y porque los profesionales encargados del cuidado pueden ser vectores de transmisión sin saberlo.

Síntomas

Aunque en la población mayor pueden darse los mismos síntomas conocidos de la infección que en personas más jóvenes, ésta puede presentarse de forma atípica en las personas mayores. Es decir, con febrícula o sin fiebre, decaimiento y falta de fuerza, anorexia, hipotensión arterial, trastornos gastrointestinales (náuseas, vómitos, diarrea, dolor abdominal), somnolencia, apatía y empeoramiento del estado funcional (caídas) o cognitivo (síndrome confusional agudo). Es más frecuente el dolor de garganta y la pérdida del olfato y del gusto. Presentan niveles más altos en sangre de marcadores inflamatorios, mayor afectación pulmonar y mayor proporción de infecciones bacterianas sobreañadidas y la evolución a un cuadro grave o crítico es más frecuente.

Por todo lo anterior, cualquier cambio en la situación basal de la persona mayor debe poner en alerta a los clínicos sobre un posible contagio, especialmente en las residencias.

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