Las malformaciones uterinas congénitas son alteraciones anatómicas que se originan durante el desarrollo embrionario de los conductos de Müller. Pueden afectar a la cavidad uterina, al contorno externo del útero y, en algunos casos, asociarse a anomalías del cuello uterino, la vagina o el aparato urinario.
Su frecuencia real es difícil de establecer, ya que muchas mujeres son asintomáticas y nunca llegan a ser diagnosticadas. La Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) estima una prevalencia del 3?5 % en la población general, más elevada en mujeres con esterilidad o antecedentes de pérdidas gestacionales.
En la práctica clínica, el reto no es solo detectar la anomalía, sino definir con precisión de qué tipo se trata. Malformaciones de apariencia inicial similar pueden tener un pronóstico y un manejo muy distintos. Para ello se utilizan sistemas de clasificación consensuados, como el de las sociedades europeas ESHRE/ESGE, que permiten describir cada caso con un lenguaje común.
La ecografía 3D, clave para el diagnóstico
La ecografía transvaginal tridimensional ha cambiado de forma significativa el estudio de estas alteraciones. Su principal ventaja es que permite obtener el plano coronal del útero, una imagen que muestra de forma simultánea la cavidad endometrial y el contorno externo del fondo uterino.
Este plano resulta especialmente útil para diferenciar, por ejemplo, un útero septo de un útero bicorne. El primero presenta una división interna de la cavidad con un contorno externo normal; el segundo afecta también a la configuración externa del útero, por lo que su manejo y seguimiento son diferentes.
La ecografía 3D muestra además una elevada concordancia con la resonancia magnética en la valoración de la relación entre la cavidad y el fondo uterino. Por su carácter no invasivo, su accesibilidad, su buena tolerancia y la posibilidad de almacenar y revisar los volúmenes obtenidos, constituye hoy una técnica de primera línea.
La experiencia del especialista sigue siendo determinante. Una adquisición incorrecta del volumen o una interpretación inadecuada pueden condicionar el diagnóstico. Por eso, la exploración debe integrarse con la historia clínica y, cuando sea necesario, con una valoración completa del cuello uterino y la vagina.
No todas las malformaciones requieren tratamiento
Recibir el diagnóstico de una malformación uterina no significa necesariamente que haya que operar. Muchas mujeres no presentan síntomas ni repercusión reproductiva y no necesitan ningún tratamiento.
La indicación debe individualizarse según el tipo de anomalía, los síntomas, los antecedentes de esterilidad o pérdidas gestacionales, la historia obstétrica y el proyecto reproductivo de cada paciente.
Cuando la alteración afecta a la cavidad y existe indicación quirúrgica, la histeroscopia permite tratar determinadas anomalías mediante un abordaje mínimamente invasivo, sin incisiones abdominales. Es el caso de algunos septos uterinos, aunque el beneficio reproductivo de su corrección sigue siendo objeto de estudio y la decisión debe valorarse de forma individual.
La cirugía, por tanto, no debe plantearse únicamente por la presencia de una imagen anatómica. El objetivo es seleccionar a las pacientes que realmente pueden beneficiarse del tratamiento y evitar procedimientos innecesarios.
Diagnóstico preciso y tratamiento individualizado
En la Unidad de Ginecología y Obstetricia del Hospital de la VOT, el estudio de las malformaciones uterinas se basa en la ecografía ginecológica avanzada y tridimensional, complementada con otras pruebas cuando es necesario.
Cuando existe indicación, la histeroscopia y la cirugía ginecológica mínimamente invasiva permiten completar el abordaje. En todos los casos, el punto de partida es el mismo: conocer con precisión la anatomía, valorar su repercusión clínica y ofrecer a cada paciente la opción más adecuada para su situación y su proyecto reproductivo.