Viernes, 15 de noviembre de 2019   |  Número 119
Valores cristianos en la Sanidad
Por Miguel Ortegón, presidente de Hospitales Católicos de Madrid.
Tribuna

Entre  los dos extremos en que se mueve la sanidad en España, un sector privado que ha conocido en los últimos años la irrupción de diversas sociedades de capital e instrumentos de inversión a la búsqueda de interesantes rentabilidades, y una sanidad pública sometida tanto a presiones demográficas como a la limitación de recursos financieros, cuyo efecto inevitable es la generación de demoras, existe la alternativa representada por los hospitales de la Iglesia Católica, con capacidad para ofrecer una respuesta de calidad con que satisfacer las demandas de los ciudadanos en relación con el campo de la salud. En España son cerca de 70 los centros hospitalarios con que cuenta la Iglesia, y más de 5.000 en todo el mundo. Todos ellos responden a un modelo sanitario basado en los valores de la acogida y la hospitalidad, que han marcado la milenaria tradición cristiana desde los tiempos fundacionales.

Son, en su conjunto, organizaciones dependientes de congregaciones religiosas que siempre han estado ahí, mucho antes de que se desarrollase el propio concepto de Estado de Bienestar, y cuya vocación inequívoca es permanecer en el tiempo haciendo lo que mejor saben hacer: dispensar cuidados a los enfermos, ayudarles a superar la enfermedad, pero teniendo siempre presentes los valores intrínsecos de cada individuo, que entroncan con su dimensión humana y espiritual. Esto se traduce en una relación con el paciente, basada en el respeto, el reconocimiento de su libertad y dignidad, la cercanía y el calor humanos. Por cierto, valores que cada día están arraigando más en la medicina moderna, y que los centros de la Iglesia llevan siglos profesando y practicando.

Esta forma singular de concebir la sanidad está orientada a satisfacer un único objetivo, que no es económico ni financiero, sino social y humano. Es, en definitiva, la materialización de la vocación cristiana de servicio y entrega a los demás a través de la dispensación de servicios médicos. Por esta razón, como tantas veces se ha explicado (y otras tantas se ha tratado de distorsionar o confundir con fines interesados), los excedentes de explotación de los hospitales católicos se vuelven a invertir en la modernización de los propios centros, para que cada día cumplan mejor con su misión y el compromiso contraído con la sociedad, o se destinan a la obra social que, en beneficio de las personas necesitadas tanto en España como en cualquier lugar del mundo, promueven estas mismas congregaciones.

Por tanto, el modelo de atención sanitaria que encarnan los centros de la Iglesia constituye una fórmula extraordinariamente potente para seguir cumpliendo su misión en el presente y en el futuro. Es un modelo que satisface las necesidades reales de los ciudadanos desde parámetros tan sólidos como una gestión eficiente de los recursos, una medicina moderna e innovadora y un personal motivado y alineado con los valores de la hospitalidad, la humanidad y la acogida.

Todos ellos son elementos que hacen de los hospitales católicos un actor imprescindible de los servicios sanitarios en España, ya sea, como ocurre hasta ahora, como colaborador del sector asegurador, al que cada día acuden más ciudadanos en busca de una respuesta sanitaria rápida y eficaz, o como aliado de la sanidad pública, que encuentra en estos centros a unos socios idóneos para garantizar el derecho ciudadano a una sanidad de alta calidad, muy eficiente y eminentemente humana.

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